El volcán dormido que se convirtió en sueño

Huellas

El Ararat es tímido cuando todavía no se ha quitado las legañas. Se despereza con la paciencia de sus hijos en una tierra en la que el tiempo pasa despacio, que siempre quiso arrugar el mapa y acercarse a Occidente; pero nunca se dejó contagiar por su prisa.

Desayunar ante el monte en el que, según La Biblia, habría quedado varada el arca de Noé, no es algo que ocurra así como así. Y por lo mismo, el monte, a veces, se resiste y no queda otra que esperar o insistir para que salga a tu encuentro, como ocurre con casi todo lo que merece la pena. Lo supe la primera vez que intentamos darnos los buenos días en pleno amanecer en el monasterio de Khor Virap: al Ararat hay que ganárselo.

La segunda vez que fuimos a Khor Virap, un poco más tarde, el monte se dejó ver. Esta vez se dejó. Esta vez era un monte y no un pico imaginario escondido tras una cortina blanca de nubes al otro lado de una de esas fronteras que se inventan los hombres para convencerse de que una parte del mundo es suya y de nadie más. Los imperios tienen la nociva costumbre de confundir la tierra con una tableta de chocolate con avellanas que se reparten como niños en el patio del colegio, y Armenia fue la chocolatina de la que la URSS y Turquía disfrutaron en 1923, cayendo el pedazo de avellana en territorio turco.

Me sentí más cerca de los armenios que viven lejos de su paisaje voluble (de tantos lugares que son uno y todos a la vez). Y comprendí su arraigo: ante mí se elevaba un símbolo nacional convertido en el sueño histórico de todo un pueblo. Ese sueño del que, en el fondo, todos venimos y que se acerca a la realidad cuando los que nacen a sus pies buscan la identidad propia durante miles de años y siguen siendo lo que fueron.

Todo ocurrió exactamente igual que lo describió Alexandr Pushkin en su relato El viaje a Azrum durante la campaña de 1829. Distintas personas, en distintos momentos, en el mismo lugar, sintiendo e imaginando lo mismo. Sería un acierto que alguien lo llamase magia:

En el cielo despejado blanqueaba, nevada, una montaña de dos cimas.

-¿Qué montaña es esa? -pregunté, desperezándome, y oí la respuesta: 

-Es el Ararat. 

¡Qué grande es el efecto de los sonidos! Miraba extasiado la montaña bíblica y veía el arca amarrada a su cima con una esperanza de renovación y vida; y al cuervo y la paloma, símbolos del castigo y de la reconciliación, los vi salir volando…

(Alexander Pushkin)

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2 comentarios en “El volcán dormido que se convirtió en sueño

  1. Entre en tu blog y lei este relato del monte Ararat. La foto es increible y nitida y tus palabras describen y abren mi pensamiento. Estoy pensando en mis “Origenes” y como por muchas circumstancias estoy descubriendo, muy posiblemente, la procedencia de mi apellido y mis antepasados. Gracias.

    Jorge Ballivian

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