Sobrevivir (II)

Crónicas, Periodismo, Voces, Voces de ahora, Voces del genocidio

(Viene de la primera parte)

Iskuhi prepara el khorovats, un plato tradicional armenio a base de verduras asadas en la barbacoa. Separa la piel de la berenjena con la ayuda de un pequeño cuchillo. Las yemas de sus dedos están ennegrecidas por lo que dejó el fuego. La piel transparente y manchada. Las venas tan azules que parecen transportar un mar profundo en vez de sangre. Los huesos buscan rasgar una superficie accidentada, como si sus manos hubiesen estado durante un siglo a remojo. Movses observa el proceso ensimismado.

-Aquello no fue amor. Mi padre me amenazó tirándome de una oreja para que me casara con ella.

No fue amor. Pero si dijesen que lo que el tiempo ha hecho con ellos no se llama así, tendrían que inventar otra palabra y no habría quien les creyese. Una persona tratando de sorprender a otra durante ochenta años. Una persona dejándose sorprender por otra durante ochenta años. El sentido de la vida compartida: cuidar, reír, crecer, hacer feliz y serlo. Pero ellos dicen que no se comprometieron por amor, sino por obediencia. Que les obligaron. Cosas de padres. Cosas de la época. Los besos: prohibidos.

-Es que en nuestro país las cosas antes eran así –justifica ella- y nuestras familias eran muy tradicionales.

-¿Tu país? ¿Qué país? ¡Pues que se vaya al diablo tu país! –dice él, muy serio, golpeando la mesa sobre la que reposan las berenjenas y comprobando, de reojo, si ella vuelve a reír.

Su país es el mismo. Ella ríe y él se relaja.

-Ni un beso en cuatro años…-insiste.- Pero que viva Armenia. ¡Viva Armenia!

Una mujer rubia, de pelo corto y ojos azules entra por la puerta. Es Nektar, una de las hijas de Movses e Iskuhi. Llamarse Nektar tiene que ser parecido a sentirse inmortal: en armenio significa estar en flor, es así como llaman al polen. Mientras prepara café, Nektar se sienta a la mesa en torno a la que su padre recuerda los últimos ochenta y cuatro años de su vida y su madre pela berenjenas, ríe y añora sus árboles.

-No necesitamos de eso. Lo que necesitamos es un coche -dice Movses indignado cuando le ofrezco bombones.

-Están muy enamorados –asegura Nektar-. Él siempre la ha tratado muy bien.

Movses dice que siempre llama a su mujer Señora Iskuhi. Algo que a ella también hace gracia. En realidad, Movses no se dirige a ella ni una sola vez sin llamarla Iskuhi jan. Cuando dice jan, que significa ‘querida’, la voz de Movses suena floja, suave, lenta. Él parece ajeno a este efecto, pero lo cierto es que siempre ocurre en el mismo momento en el que frunce los labios y mira a su mujer.

-Si no fuese por esa mujer, yo no estaría aquí. Recuerdo que una vez discutimos, pero la he cuidado mucho. ¿No la veis?

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