De Yereván a Moscú (Carta abierta a Daniel Utrilla)

Miscelánea

Querido Daniel:

No voy a hablar de lo genial que es tu libro porque a estas alturas ya debes de saberlo. Voy a hablar del vínculo que se crea entre el papel y las personas: entre ‘A Moscú sin kaláshnikov’ y yo. Porque esta es la parte que he solo he mencionado en mi reseña (la puedes leer aquí).

Tu libro llegó a Yereván sin kaláshnikov, pero con muchas armas necesarias (como lo es el queso manchego curado) y con un paquete vacío de mazapanes de Soto. Se los zamparon y tuvieron el detalle de volver a guardar la bolsa, rajada con ansia evidente. Agradecí que, quien perpetró tal fechoría, no entendiese castellano o no le interesase remotamente tu libro. ‘A Armenia sin mazapanes’, dijo Emilio Sánchez Mediavilla cuando hablé de la bolsa mancillada.

El libro volvió a España y, de nuevo, viajó a Armenia. Esta vez sí hizo lo que su título pedía: escala en Moscú. Lo he leído lentamente, degustándolo con la paciencia de un catador de vino caro o de una abuela haciendo un guiso. Si no lo terminé en España, si decidí que tenía que volver conmigo a “casa”, fue por una razón sentimental. Me pareció una compañía necesaria y me dije: “si algún día me desenamoro de Armenia, este libro podría devolverme a un momento de mi vida en el que nada era mejor que Armenia.” Y todo esto, por las coincidencias que guarda el libro en su interior; porque tiene mucho de diario escrito por otro. “Los versos más míos los han escrito otros poetas”, dijo alguien.

Hace un par de meses empecé a estudiar ruso, ahora que mi armenio ha pasado de nivel bebé a nivel niño de cuatro años y que ya puedo hablar con los taxistas de cosas de taxistas. Como tú, empecé con un libro de los años setenta cuyos ejercicios son viajes en el tiempo. “Voy en avión. Eso de ahí abajo es Leningrado”. “José vive en la URSS”. Son algunas de las frases que fui traduciendo. Yo me preguntaba por qué empecé aprendiendo palabras que nunca utilizaría, como “segadora-trilladora”, “sauce”, “abedul” o “grumete”. Entonces aparecieron “pachemú” y “chiripaja”. Estas dos palabras, que me parecían entrañables y divertidas, se convirtieron en la fuente de mi motivación para estudiar ruso (aunque sólo duré un mes). Cuando volví a España, di tanto la brasa con “chiripaja” que un chico al que acababa de conocer me dibujó una viñeta protagonizada por dos tortugas. “Las rocambolescas aventuras de Chiri y Paja, las tortugas soviéticas”. Podrás imaginar mi carcajada y mi desilusión cuando leí que nos ocurría lo mismo a ti y a mí, pero que tú lo habías intentado durante más de una década. Hablo de esa necesidad de usar las dos palabras en la misma frase. Necesito colar esa palabra, la Palabra (chiripaja), en cualquier conversación, sea propia o ajena; real o imaginaria.

Cuando volví a Armenia, con tu libro en la mochila, y pasé por el control de pasaportes, la agente lucía un anillo con forma de tortuga casi tan grande como cualquiera de sus orejas (que creo que eran del mismo tamaño). Mientras yo contenía la risa ofreciendo una mueca que bien habría podido empeorar cosas, ella me escrutaba la mirada para comprobar si mi cara coincidía con la de mi pasaporte y con la de mi permiso de residencia (solo la del pasaporte basta para impedirme la entrada en cualquier lugar, habitado o no, de la Vía Láctea). Lo visualicé: ella contando orgullosa (porque aquí hasta la adquisición más inútil es motivo de felicitación) que acababa de comprar un anillo con forma de chiripaja a sus amigas rusas. “Felicidades”, dirían ellas. Selló mi pasaporte con la mano en la que vivía la chiripaja que, en proporción, trabajaba más que ella. Sólo lamenté que no lo hiciese en la página ilustrada por una tortuga (los pasaportes españoles son un gran entretenimiento en los aeropuertos y fronteras del mundo).

Siempre que alguien me pregunta por la situación en Armenia, explico la desigualdad con una imagen que te es muy familiar: un Lada y un Mercedes juntos ante un semáforo. Hace unos días, por cierto, vi un pique automovilístico entre un Lada y un Mercedes. Iba ganando el Lada.

Intento subir a un Lada siempre que puedo y, si hay varios taxis, elijo el Lada. Los taxistas siempre me hacen las mismas preguntas: si me gusta Armenia, si estoy casada, dónde está mi familia, si soy del Madrid o del Barça. En ese orden. Sólo me sacaron de la rutina unos nómadas yezidis que me hablaron del Athletic de Bilbao y que siguen buscándome marido allá en las montañas.

Los extranjeros, en cambio, suelen tener un único interés y la primera pregunta siempre es la misma: “¿Por qué Armenia?”. Empieza a incomodarme tener que responder a diario que no lo sé (ni me interesa); que si lo supiese quizás no estaría aquí. Porque, si bien la pregunta a veces parte de la mera curiosidad, también a menudo surge de cierta prepotencia de quien no entiende por qué estoy aquí y no en Alemania. Así que suelo responder con un “¿y por qué no?”, que, como pregunta-respuesta viene muy bien para bloquear al interlocutor. Desde que leo varias veces en tu libro que te irás de Moscú cuando sepas por qué fuiste, creo que empezaré a citarte para que me dejen en paz.

Verás, he dejado esto para el final porque no sé cómo decírtelo. A raíz de las pruebas que has aportado para demostrar que el plano de Moscú está basado en el escudo del Real Madrid, he realizado una investigación rápida. Aquí tienes las pruebas de que el plano de Yereván está inspirado en un escudo del Barça ligeramente mordido (yo preferiría que fuese un corazón, humano o vacuno, pero lo evidente es irrefutable como bailar pegados es bailar). En la imagen inferior puedes ver que las líneas de metro forman claramente una cruz de  goma azulgrana. La cantidad de taxis que circulan con gigantescos escudos del Barça sobre el capó (que del Madrid también los hay) no era una pista falsa.

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