La amiga de las serpientes

Surcos

Fragmento de ‘Ecos de un terremoto: La vida entre ratas y serpientes’. Texto íntegro en Jot Down.

En verano abrasan y en invierno hielan. Cuando llueve, paraguas y cubos ocupan el reducido espacio de las domiks. El engaño comienza en el nombre: domik significa casita en ruso. Pero no son más que contenedores metálicos o chozas remendadas con distintos materiales. Tras el terremoto que sacudió el norte de Armenia en 1988, el Gobierno soviético prometió entregar casas reales al medio millón de supervivientes que perdieron sus hogares. Veinticinco años después, en los refugios temporales todavía sobreviven y conviven personas y ratas. La promesa, mantenida por los sucesivos Gobiernos tras la independencia de Armenia, ya dura un cuarto de siglo. Cuando las personas caen en el olvido, la vida sedentaria no siempre entiende de cimientos.

***

El día que Spitak desapareció, contaba unos veinte mil habitantes censados. Decenas de miles de armenios que acababan de venir de Azerbaiyán huyendo de las persecuciones étnicas [previas a la guerra de Nagorno Karabaj], conformaban gran parte de la población flotante, en una localidad industrial que vivía en gran medida del refinado de azúcar de remolacha.

—Aquí hay menos vagones porque, además de que se ha invertido mucho más en esta ciudad [que en Gyumri], cuando entregan un apartamento, la domik en el que vivía esa familia suele destruirse. Aquí el 95% ya ha recibido un apartamento, mientras que solo el 5% de los que perdieron sus casas siguen en domiks. De las veinte mil personas que vivían en Spitak antes del terremoto, murieron la mitad ese día. La mitad que no murió, se quedó sin casa —explica Sarkis [el taxista] de camino a la domik de Tamara.

Descendemos por un estrecho y tortuoso camino. La domik de Tamara Sarkissyan es uno de esos contenedores metálicos de forma cilíndrica y color marrón que parecen parte de un camión cisterna pero que fueron construidos para alojar temporalmente a los supervivientes del terremoto que se quedaron sin casa. Tamara, sesenta y cinco años, delgada, pelo corto de color ceniza, nos recibe.

—La gente no cree que vivimos aquí. Creen que lo fingimos. Vino la policía hace unos días y un agente me dijo:

«Mujer, tú lo único que quieres es que te demos otra casa»

Tamara recuerda que, durante el terremoto, estaba en casa de una amiga, en un quinto piso. Cuando advirtió lo que estaba pasando, su amiga le dijo: «Son los azerbaiyanos, que nos están atacando». Tamara salió descalza de la casa y, cuando llegó al tercer piso, una mujer con una bebé de tres meses pedía a gritos que alguien salvase a su hija. Tamara se llevó a la niña. Aunque la ciudad entera desapareció, solo algunas casas viejas de una planta quedaron en pie.

—Después, la policía dijo que el centro ya no existía. Mi casa estaba aquí, no pasó casi nada a las otras casas de alrededor, pero la mía, que era de dos plantas, se vino abajo. Cuando la vi medio derruida, empecé a gritar y en ese momento se vino completamente abajo. Yo pedí un vagón, pero me dijeron que si no se me había muerto nadie, no me daban nada, así que durante un tiempo me acogieron en casa de una amiga. Me lo dieron un año después. Hasta ahora no he tenido otra casa —cuenta Tamara.

La domik de Tamara se encuentra junto a las ruinas de su casa. Ella y su hija, ambas divorciadas, viven solas. Ambas pensiones suman cincuenta mil drams [123 $, aproximadamente].

—Yo me divorcié porque mi marido bebía mucho y el día que me agredió con un cuchillo decidí acabar con todo —explica Tamara—. Mi hija se divorció y luego murió su hijo. Era maestra, pero la echaron. En Armenia las cosas funcionan así: si no tienes un pariente, puedes irte a la calle en cualquier momento. Ahora mi hija tiene asma, provocado por las condiciones en las que vivimos.

Tamara ha perdido la esperanza de recibir la casa prometida.

—Dicen que este año no hay más casas; que para el próximo ya se verá. Lo único que hacen es prometer —lamenta.

Tamara nos acoge en una de las dos habitaciones de su domik. Cuatro camas, sacos de patatas, cestas de manzanas, libros, maletas viejas y una televisión.

—En esta habitación dormimos, nos aseamos: aquí lo hacemos todo —explica Tamara— Esto es horrible, sobre todo para mi hija. Cuando llueve, entra el agua. Vivimos dentro de una nevera y en verano no se puede ni respirar.

Hasta ahora, dos personas comparten un espacio de nueve metros por dos. Pero pronto serán muchos más.

—Cuando uno de mis hijos se casó, como vivir con su familia aquí era imposible, mi hermano, que vive en Rusia, le regaló una casa que tiene en Gyumri y que no usaba. Allí vive mi hijo con su mujer, que pronto tendrá un bebé, y con su suegra. Pero ahora mi sobrino quiere venir a vivir a esa casa y mi hijo se tiene que ir. Solo queda una opción: volver a esta domik. Dentro de poco seremos cinco y no sé cómo lo vamos a hacer —explica Tamara con desesperación—.¿Sabes? Yo siempre me he sentido española. En serio. Creo que tengo algo en el alma —dice Tamara, entre risas, mientras llena mi mochila de caramelos y ofrece manzanas.

A la salida, Tamara nos enseña las ruinas de la que fue su casa y antiguas fotos. Junto a su domik, un pequeño reguero de agua filtrada es lo más parecido al agua corriente que se pueden permitir.A menudo, les visitan las serpientes.

—Hace poco entró una. Me quedé paralizada durante hora y media. No sé si también miraba la tele como yo, pero aquí se quedó —su hija ríe a carcajadas desde la otra habitación—. Pasé mucho miedo hasta que por fin se fue. Pero ahora las serpientes son mis amigas. Mi nieta, que a veces viene a visitarme, también se ha acostumbrado a su presencia. Es tan valiente como yo: ya no tenemos miedo a nada.

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