El matrimonio que celebra el aniversario de Khachaturian

Vidas

En el bajo del número 17 de la calle Khachaturian, en Yereván, una mano se agita insistentemente tras una ventana, como si, quien está al otro lado del cristal, supiese lo que hemos venido a buscar. Mediante gestos, nos decimos algo así como “hola, ¿podemos pasar?”; “venid, venid”. Vartush y Meruzhan nos llevan a un salón repleto de retratos y de pechos al descubierto pintados al óleo. No dejan de sonreír. Están felices. Este año, 111 años después del nacimiento del compositor armenio, nadie había venido todavía a celebrar con ellos el aniversario de Aram Khachaturian.

Meruzhan tiene noventa años. Vartush dice que no sabe su edad, pero que tendrá algún año menos que su marido. Merizhan llegó a Armenia desde Crimea y, Vartush, desde Georgia. Los padres de ambos sobrevivieron al Genocidio Armenio y, tras ver cómo todos sus familiares eran asesinados, huyeron a Crimea y a Georgia, respectivamente. Tampoco recuerdan cuánto tiempo llevan casados, pero dice Vartush que muchos, que sesenta, como mínimo.

Cada 6 de junio, Vartush y Meruzhan celebran el aniversario del compositor soviético de una manera muy especial: decoran la entrada de su edificio indicando los años que habría cumplido. Junto al edificio, hay una fuente en su honor que Meruzhan construyó durante una noche. Pero no es una de tantas fuentes que, en Armenia, recuerdan a los muertos.

—He tenido muchos problemas con esta fuente porque nadie me quería ayudar. Primero acudí a una empresa que gestiona las aguas y no me hicieron ni caso. Después, fui al ayuntamiento y me dijeron que acudiese al primer ministro. Luego me hicieron perder el tiempo, me decían que tenía que volver otro día. Así que pedí el teléfono de la persona responsable de este asunto y, cuando llamé, dijo: “Abuelito, si tuviésemos que poner fuentes para cada persona célebre de Armenia, no quedaría sitio en Yereván”. Yo le dije que si hubiese estado en su despacho en ese momento, le habría partido la cabeza con el cenicero. Al final, unos italianos que se encargaban de las cañerías me hicieron caso, porque ellos sí saben apreciar el arte.

Meruzhan se levanta del sofá y, con la ayuda de su andador, cuenta cómo construyó la fuente de Khachaturian:

—Esta fuente es más pequeña que todas las demás. Sólo mide sesenta centímetros. Los vecinos más altos se quejaban, y yo les decía que la había hecho así a propósito: puse una foto de Khachaturian en la pared y, así, cada vez que alguien bebe agua, no tiene más remedio que inclinarse ante él—explica a la vez que se inclina como si bebiese agua—. Además, es mucho mejor para los niños. Como no necesitan que los adultos les ayuden a subir, en esta fuente se sienten mayores e independientes, y eso les gusta.

Antes del 6 de junio de 2003, Meruzhan decidió que quería celebrar el centenario del nacimiento de Khachaturian. A su mujer, Vartush, le pareció una gran idea y no dudó en unirse a la celebración y ayudarle, durante los años siguientes, a organizarla. Además de honrar la memoria de Khachaturian construyendo una fuente con su nombre y de decorar la entrada del edificio, Meruzhan y Vartush empezaron a colocar una mesa con champán y comida, cada 6 de junio. Este año están tristes porque no han podido hacerlo: hace casi un año, cuando Meruzhan limpiaba la entrada, que se había llenado de hojas, se cayó y se rompió la cadera. Desde entonces, y tras la operación, camina con la ayuda de un andador y casi no sale de casa. Vartush, además, sufre vértigo y teme salir a la calle.

—Hoy sois las únicas que habéis venido al cumpleaños. Me gustaría que viniesen los vecinos como antes, pero este año no hemos podido poner la mesa –lamenta Meruzhan.

La manía de orinar en jarrones caros

Las cuatro paredes de este salón guardan un recuerdo que da, en cierto modo, sentido a una obsesión. Un día de 1972, Aram Khachaturian pasaba por la puerta de Meruzhan y Vartush, y a él también le llamaron desde la ventana.

—Yo estaba en la cocina preparando la comida cuando le vi pasar con su mujer y con unos amigos. Nunca le había visto en persona, pero lo reconocí a través de la ventana y era muy impresionante. Les invitamos a pasar y él dijo que, por favor, sólo una mesa de postres, nada de bebidas —recuerda Vartush.

—No se quedaron mucho rato —cuenta Meruzhan.

¿De qué hablaron?

—Khachaturian nos contó su viaje a España, de donde acababa de volver. Una vez allí, quiso visitar a Dalí. Pero Dalí no estaba en España, estaba en otro país [vivía en Estados Unidos]. Cuando llamaron a Dalí, rápidamente, tomó un avión para volver a España y recibir a Khachaturian lo antes posible. Dalí llegó a su casa, donde le esperaba Khachaturian. Entonces empezó a sonar “La danza del sable” y Dalí entró bailándola —cuenta Meruzhan entre risas y dibujando círculos con la mano—. Sólo después de terminar el baile, se saludaron y se abrazaron.

El encuentro entre Khachaturian y Dalí es, probablemente, uno de los momentos más hilarantes de la historia del arte. Aunque se ha dicho que, tras atravesar la sala, Dalí dio por terminada la recepción y nunca llegaron a hablar. Lo que Meruzhan no cuenta, o no recuerda, o no le contó Khachaturian, es que Dalí habría entrado bailando desnudo y con una escoba entre las piernas. Cuando Khachaturian se marchó del palacio, alguien preguntó a Dalí qué le había parecido el armenio, a lo que respondió, según cuentan, que le había caído muy bien, pero que no entendía esa extraña costumbre suya de orinar en jarrones caros.


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