Su barba, su revolución

Vidas

Larga o corta, la barba en el rostro del guerrillero constituye una especie de mensaje, el cual viene a decir que en ese momento solo importa la lucha…

WOJCIECJ JAGIELSKI

Al otro lado del objetivo. Allí está, al fin, Sasun Papik. El abuelo me mira fijamente, como si supiese que llevo un año intentando cruzarme con él o llevase un año esperándome en la Plaza de la Libertad de Ereván, con la misma pose que la estatua del poeta Tumanyan, sobre la que se apoya. Como si, aquí, hubiese sido asidero de la nieve y talud del deshielo desde los últimos coletazos de la Unión Soviética.

No parecía que hubiese tenido lugar manifestación alguna en Ereván sin su presencia. No es difícil detectar a Sasun entre el tumulto: sempiterna chaqueta militar, bandera de Armenia como camiseta y como gorro de lana, barba blanca y, a menudo, puño en alto. Como si su estilismo y el hecho de pasear la cara que figura en las fotos de cualquier manifestación desde finales de los años ochenta no fuese suficiente para distinguirle, a Sasun le cuelga su propia cara del cuello, tallada en madera, aclarando que Sasun es Sasun.

Le abordo con mi armenio rudimentario. Me escucha atentamente mientras me presento, sin dejar de mirarme con una de esas expresiones que delatan el pensamiento: Pobre chica, ¿de dónde será? Me interrumpe, agarra mi mano, tira de mí, me hace tropezar con el pedestal de Tumanyan y me besa eufórico, igual que lo habría hecho mi abuela.

—Tú hablas inglés perfectamente— no pregunta, afirma.

Así es como escucho su voz por primera vez. La voz que tendría una chimenea si las chimeneas hablasen. Si tuviese color, la voz de Sasun sería amarillenta. Cuando Sasun ríe —y lo hace a menudo— esos ojos pequeños brillan como canicas, enseña unos dientes perfectos y, cerca de la boca, unos surcos amables aparecen sin mucho esfuerzo, agradeciendo la presencia del interlocutor. Cuando se pone serio, su voz es más grave y habla a golpes, como si cada frase fuese una larga palabra cortada a cuchillo y, cada pedazo, clavado en una pared con chinchetas.

Sasun no es solo un héroe nacional vivo en un país de héroes muertos. Es la prueba de que uno no puede ser un héroe así, sin renuncia.

—No he dormido con mi mujer desde hace veintiséis años.

—¿Y qué ha estado haciendo todo este tiempo?

Armenia está abarrotada de caras rasuradas. Un hombre con barba en Armenia, de la edad de Sasun —setenta y seis—, responde a dos voluntades: luto o revolución. Un hombre de edad avanzada con barba seguramente acaba de afrontar la muerte de un familiar o de un amigo. Para los fedayín, partisanos armenios, su barba era su revolución. La barba, dicen, les daba fuerza entonces y ahora es la prueba orgullosa de la lucha que fue. Habían surgido en el Imperio Otomano —bajo el lema “Muerte o libertad”— como protagonistas del movimiento de liberación nacional que levantó al pueblo armenio contra el sultán Hamid II, cuyas tropas saqueaban y asesinaban a los armenios. En algunos puntos del imperio, los fedayín abandonaron sus aldeas y subieron a las montañas a oponer resistencia a los turcos. De ellos tomaron el nombre los grupos guerrilleros armenios que resurgieron al estallar la guerra con Azerbaiyán por el enclave de Nagorno-Karabaj. Los fedayín que participaron en esta guerra, como Sasun Papik, no son tanto una reminiscencia de los que se enfrentaron a los turcos a principios del siglo XX como una continuación: para el armenio, el azerí es un turco que no ha terminado su trabajo.

Cuando Sasun juró fidelidad a su país y pasó a engrosar las filas de los fedayín, se comprometió a dejarlo todo por un ideal.

—En veintiséis años no he dormido con mi mujer —insiste—. He estado luchando por mi país. Pero es que yo le juré que solo volvería a casa cuando Armenia fuese verdaderamente libre. Podría llegar a mentir a cualquiera, incluso a ti, pero a mi mujer no podré mentirle jamás. Un juramento es un juramento.

***

(Un día después, en casa de Sasun)

Uno de los libros que muestra Sasun está profusamente ilustrado con fotos de manifestaciones en las que participó cuando su presencia no era tan visible todavía. Orgulloso, muestra una imagen en blanco y negro en la que aparece él en una protesta.

—¿Qué querían?

—Queríamos ser libres, salir de la URSS. Queríamos ser libres. Libres como lo soy yo ahora y como lo eres tú.

Desde dentro, Sasun abre la puerta con una llave inglesa. Cuando salimos al patio se para junto a un árbol.

—A mí me llaman Violeta Durmiente —dice.

—¿Por qué le llaman así?

—Porque yo a todo el mundo le llamo Violeta Durmiente. Mira, ven. ¿Ves estas hojas junto al árbol? Pronto, de ahí, saldrán violetas. Las violetas duermen durante un año, pero Armenia ha tardado cinco mil años en despertar. Nosotros podemos ser libres de la URSS y de todo lo que queramos. En la URSS había gente muy inteligente, pero nosotros somos fuertes. Ellos tenían la inteligencia, pero nosotros la fuerza.

(Fragmentos de la crónica ‘Su barba, su revolución’. El 21 de septiembre de 1991, tras años de protestas, Armenia se independizó de la Unión Soviética.)

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