Las trampas del silencio

Voces

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Han pasado cien años desde que Arevaluys salió del Imperio Otomano, en brazos y escondiendo el dinero de sus abuelos en los zapatos. No me atrevería a decir que se salvó del genocidio armenio. El día que la conocí, en su casa de Ereván, algo se rompió dentro de mí. Sentada en su sofá, con la mirada perdida, la anciana deslizaba entre sus manos las cuentas de un rosario. A menudo tengo la impresión de que a las abuelas les alivia rezar el rosario porque así consiguen que pase el tiempo sin pensar en nada más.

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