La niña que vino a terminar el mundo

Estelas

Sona dibuja soles a pares. “El mundo necesita más luz”, dice, mientras dibuja una casa y una familia. Una obra habitual a su edad que pasaría desapercibida si Sona no se tomase la licencia de dibujar dos soles sobre su casa. Tiene dos años y medio y una obsesión temprana, un horror vacui desaforado: siempre falta algo y está en su mano terminar todo lo que el mundo deja a medias.

Un día decidió que uno de los cuadros que decoran las paredes de su casa también estaba incompleto. Con un rotulador azul comenzó a rayar un paisaje marítimo en el que apenas figuran unas gaviotas sobre un fondo de tonos morados.

-Estoy terminando el cuadro. No está acabado – alegó cuando su tía Anna la descubrió con las manos en la masa.

Pero, ¿qué le faltaba al cuadro?

-Pues más pájaros – explica contemplando con pena el paisaje vacío después de que su tía consiguiese eliminar las marcas de rotulador permanente.

La mirada madura de Sona impide que le hables con esa voz absurda que a veces no podemos evitar ante un niño. Temo que me juzgue si lo hago y me dirijo a ella como lo haría con una persona de mediana edad, sabiendo que agradecerá que mi tono de voz no cuestione su inteligencia.

La niña corre de la cocina al salón; coloca tazas, platos, cubiertos, bombones, caramelos y servilletas sobre la mesa mientras su abuela prepara el té. Sona vigila que no falte nada hasta que una cadena de televisión rusa emite su canción favorita. Entonces coge una silla a su medida, se sienta muy quieta y no pierde detalle del videoclip. Ese y dos momentos la abstraen hasta el extremo y entonces el mundo deja de existir: cuando abre Youtube en busca de dibujos animados y cuando empieza a dibujar. No importa quién hable ni lo que diga.

Sona no contesta.

Sona está en un mundo paralelo.

Cuando los dibujos animados terminen y la niña vuelva a tierra, empezará a practicar el nuevo idioma que ha inventado: una mezcla de ruso y armenio en el que cuesta adivinar cuándo empieza uno y cuándo termina el otro. Sona habla ruso con su madre y armenio con su padre; con el resto de su familia paterna, con la que vive, a menudo habla los dos idiomas a la vez.

Sona tiene muy claro lo que quiere ser de mayor y no duda un instante:

-Voy a ser Hayk.

Hayk es el patriarca fundador de Armenia, el tataranieto de Noé que derrotó al gigante Bel y de quien Armenia tomó el nombre con el que los armenios llaman a su tierra: Hayastán. Hayk también es el nombre del padre de Sona.

-¿Quieres decir que de mayor te convertirás en Hayk o que serás como él?

-Voy a ser mi padre.

A estas alturas una capa uniforme de chocolate ya le cubre la cara y le amarra mechones de pelo contra los que se pelea para ver mejor sin mucho éxito.

Sona también dibuja dos ojos y una nariz fuera de una circunferencia. Dice que es su hermano Aleks, un bebé de apenas un mes que tiene los ojos saltones, pero no tanto. Cuando termina su inquietante retrato, coge una goma y empieza a borrar las partes de la cara dispersas en el folio. Pero, según ella, lo que hace no es borrar sino ejercer de hermana mayor:

-Estoy escondiendo a mi hermano para protegerlo.

Cuando acaba su canción, Sona toma el té con parsimonia, con una pequeña cuchara que exprime con la boca como si contuviese la única gota después de una sed prolongada y emite ese sonido que se produce cuando los labios chocan y se separan. Como suena una botella de champán al descorcharla. ¡Pop!

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3 comentarios en “La niña que vino a terminar el mundo

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